martes, 4 de agosto de 2026
lunes, 3 de agosto de 2026
Ríos que dan al reloj
Un río es una trinchera. Espacial y a veces también temporal. El Rin sirvió de frontera norte al Imperio Romano. Poblado de castillos y leyendas que el Romanticismo exacerbó, el valle medio de ese río sirvió de inspiración, ya en el siglo XIX, a líderes tenebrosos y a hombres de genio. Cuando Richard Wagner hubo de dar comienzo a su ciclo operístico El anillo del Nibelungo lo hizo con El oro del Rin. Superpuesta a la actual frontera franco-alemana, fue durante al menos cien años un mapa en el que leer las líneas sagradas del alma, la historia y la identidad cultural germana. Wagner reformuló ancestrales leyendas germánicas que dormían, de hecho, en el fondo del río, allí donde las ninfas custodian un oro místico. Aquel que forjara un anillo con él obtendría el poder absoluto del mundo, pero a cambio estaba obligado a renunciar al amor para siempre. Estrenada en 1876, los mitos que exaltaba contribuyeron poderosamente a unificar un sentimiento de identidad pangermánica y unidad cultural frente a sus vecinos europeos, particularmente Francia, incluso si esa ópera trata explícitamente de la creación de un anillo a partir de oro robado, del poder financiero y la codicia que corrompe. Wagner usó esos temas para crear una alegoría contra el capitalismo industrial temprano y la corrupción del poder. El reino fundado a partir del oro robado fue descrito como una oscura fábrica subterránea donde el trabajo pervive esclavizado y la riqueza es el único valor, algo que Fritz Lang convertiría después en Metrópolis en el mismo símbolo, actualizado a la era plenamente industrial de las primeras décadas del siglo XX.
El dios supremo de esa ópera, Wotan, representa en ella a la autoridad tradicional, y también profética: al romper tratados y usar la violencia y el engaño para construir su fortaleza (el Valhalla), Wagner ilustró cómo el poder político se corrompe a sí mismo, arrasando a su paso los derechos y libertades -siempre precarias- de la clase trabajadora. Wagner murió seis años antes de que naciera Hitler, que llegado el día hallaría en éste los sonidos de la grandeza aria, el espíritu de lucha y los delirios raciales y supremacistas (acaso también del hurto impune) del nacionalsocialismo.
El robo se convirtió en el núcleo del problema fronterizo entre Francia y Alemania. Y ya estaba ahí cuando Wagner fabuló su ópera. Anexionadas por el Imperio Alemán en 1871 tras la guerra franco-prusiana, las regiones de Alsacia y Lorena, ricas en carbón y mineral de hierro, se convirtieron en recursos vitales para la industria armamentística. Cuando la Primera Guerra Mundial dio comienzo en 1914, Alemania concentró sus tropas en esa frontera. Una vez que Alemania la traspasó, su avance solo fue frenado en la primera batalla del Marne. La guerra se estancó y fortificó en una segunda frontera, esta de trincheras, que iba desde la frontera suiza hasta el Mar del Norte.
Paseando por Friburgo, una mujer española afincada en Alemania desde hace cuarenta años, describe la sequía prolongada y dice que los cargueros que surcan el Rín transportan apenas la tercera parte del peso normal debido al escaso caudal. Tienen que recorrer tres veces el trayecto que antes solo exigía un viaje. El oro del Rín es finalmente su agua.
sábado, 1 de agosto de 2026
La isla de los vivos
Rodeada de fronteras terrestres, pero ubicada de tal forma que el agua de sus ríos desemboca en cuatro mares distintos (el mar del Norte, el Mediterráneo, el mar Negro y el mar Adriático), Suiza pudo haber optado hace siglos por ser una isla a la que pudieran acogerse quienes huían de otras regiones, perseguidos por las ideas que tenían, o como en el caso de Erasmo de Rotterdam, por las que no terminaban de tener. Éste llegó a Basilea en 1521, donde permanecería hasta su muerte en 1536. Años antes había vivido y trabajado en Lovaina. Sería allí donde ultimara en 1516 su edición crítica del Nuevo Testamento. Una traducción nueva era cuanto Martin Lutero necesitaba para empezar a hacer legible la reforma eclesiástica que acabaría siendo el protestantismo. Volvería a ella una y otra vez durante toda su vida. En 1522 él mismo tradujo la Biblia al alemán, que a su vez sería la base que empleara William Tyndale para crear la suya al inglés en 1526.
Liberarse del latín como lengua única del acceso a Dios también permitía empezar a hacer prescindible a sus intérpretes. El catolicismo entendió pronto el peligro. Un año después de la traducción al griego de Erasmo los seguidores de Lutero se habían extendido por todo el continente. Y con ello las sospechas sobre el papel de Erasmo en la herejía en marcha. Lutero le alababa allí donde iba. Acababa de empezar una guerra y unos y otros hicieron lo propio en esos casos: reclamaron a todo el mundo que hiciera público de qué bando estaba. Erasmo se negó a elegir. Ambos le disgustaban por igual, quizá porque el acto de declararse partidario de unos implicaba así el rechazo, la condena absoluta de los otros. Para éste, que había pasado su vida luchando contra el dogmatismo y los abusos de poder (del catolicismo, pero también de la educación que se impartía por doquier) solo debía significar convertir una cadena en dos. Amaba lo que halló en Ginebra: libertad para no tener que elegir.
Aún así hubo de dar explicaciones que respaldaban al bando oficial. Declaró que sus críticas pasadas no eran contra el catolicismo sino contra los obispos y frailes que pervertían el dogma de fe vendiendo el perdón de los pecados. Al mismo tiempo, Lutero pidió a Erasmo que aceptara encarnar en persona lo que ya representaba, de facto, su traducción. La negativa a respaldar a uno u otro bando fue interpretada por ambos como cobardía y deslealtad. En su exilio le siguió Juan Calvino, que llegaría a Basilea en 1535 huyendo de una persecución francesa contra cristianos protestantes.
Colgado en una de las paredes del Kuntstmuseum de Basilea, donde también se halla el retrato de Erasmo que pintara Hans Holbein en 1523, puede contemplarse la primera de las múltiples versiones de su lienzo La isla de los muertos que el suizo Arnold Böcklin comenzó a pintar en 1880. En él una pequeña barca -la del griego Caronte- llega a un pequeño islote portando un ataúd y a su muerto de pie. En ella hay altos cipreses y algunas edificaciones excavadas en la roca, pero no son nichos y sus ventanas acaso iluminan un interior que imaginamos tan sombrío como todo lo demás. Nadie les espera para recibirles, como si cada muerto fuera siempre el único que llega. Y la isla en sí, el espacio entero que aguarda a quien ya no puede ir a sitio alguno. En los meses cálidos, los habitantes de Basilea -y turistas como nosotros- se arrojan a las aguas del Rín aferrados a una bolsa impermeable que, al mismo tiempo que guarda ropa y enseres, les sirve de flotador, y se dejan llevar, como Erasmo, por la corriente durante varios kilómetros. Cuando llegan a la parte de la ciudad que conviene a cada uno, salen para ir a sus casas o a cualquiera de las terrazas dispuestas a lo largo de su cauce.
Un segundo río, este de hilos de algodón blanco, desciende de las alturas de la catedral de Friburgo, en Alemania, tensados por su anclaje en el altar mayor de Hans Baldung, a más de 100 m de distancia, como si la finísima trama de mitos y arrogancia fuera, por un instante, por fin visible en la instalación de Elke Maier. Enterrado en la catedral que vemos pasar flotando, si Erasmo llegó a ella en una barca similar, debió pasar años en mar abierto, donde el catolicismo del que no abjuró y el protestantismo que no cesó de esperarle resolvieran qué tipo de isla era alguien como él.
Otro aleph buscaremos
El derecho a la belleza que sugiere pasear por el asombroso parque temático de la arquitectura, el diseño industrial y el paisajismo que es Vitra Campus, a las afueras de Basilea, se convierte en el derecho a lo perturbador que espera en la retrospectiva del francés Pierre Huyghe en la fundación Beyeler, también en las proximidades de la ciudad. Uno de sus cortometrajes -Camata (2024)- muestra varias estructuras robóticas moverse lentamente en torno al esqueleto de un ser humano en un terreno árido, que podría ser un desierto de este u otro mundo. Proyectadas en una pantalla inmensa, es hipnótico y fascinante como el resto de la muestra. También ominosamente unido a otro de sus cortometrajes. -Human Mask (2014)- en el que, acaso único habitante ya de una población japonesa, arrasada por un terremoto o un tsunami, un primate que lleva puesta una máscara humana de rasgos orientales deambula por el interior de una casa, como si tratara de averiguar cuál de las dos vidas -la humana o la simiesca- prevalece en medio de la devastación y el vacío.
“¿En cuál de mis ciudades moriré?” -se preguntó Jorge Luis Borges. Se cumplen 40 años desde que lo averiguara en Ginebra. En uno de sus relatos escritos en 1972 -El otro- al autor, ya un anciano sentado junto a un río en Cambridge, se encuentra con una versión más joven de sí mismo, que dice estar sentado efectivamente junto a un río, pero es el Ródano, en Ginebra, donde lleva viviendo desde 1914. Cuando el primero resume los años por venir enumera el destino de varios países –“Francia no tardó en capitular; Inglaterra y América libraron contra un dictador alemán, que se llamaba Hitler, la cíclica batalla de Waterloo”. Añadió que Buenos Aires había engendrado en Juan Domingo Perón otro Rosas, que Rusia estaba apoderándose del planeta; y América, “trabada por la superstición de la democracia, no se resuelve a ser un imperio”. ¿Qué hubiera dicho de la evolución de Suiza, a donde aún no podía saber que volvería para vivir allí el último año de su vida?. Borges juzgaba ese territorio un ejemplo moral para la humanidad y, como antes que él Erasmo, Calvino, Voltaire o Brecht, un refugio intelectual donde era posible sentir respetada la propia cultura y la lengua que uno llevara consigo. El año que escribió Los otros aún no había compuesto el poema Los Conjurados (1985), en el que describe a Suiza como un "acto de fe". Lo hay también en su relato, donde para demostrar que no están soñando, el primero propone citarse al día siguiente en ese mismo lugar. Ninguno de los dos comparece entonces, o eso presupone la versión anciana, que es la que narra el encuentro. Borges también pudo haber resuelto que, paralelos al cauce de un río, hay muchos bancos y que debía ser fácil confundirse y sentarse en otro, especialmente cuando uno de ellos es ya casi ciego y dice distinguir apenas luces, sombras y el color amarillo.
A principios de siglo el alemán Herman Hesse había fabulado la peripecia de Hans Giebenrath, de cuyo padre, un pequeño burgués que no parece haber hecho nada en la vida para merecer que su hijo sea un prodigio, Hesse escribió que “podía haber cambiado su nombre y domicilio con cualquier vecino, sin que nada hubiese cambiado”. Parece describir la tumba que espera pronto a su hijo. Exigido el triunfo a toda costa, ingresa en un exigente seminario que acaba aniquilando su creatividad. Giebenrath colapsa, es expulsado y finalmente muere ahogado en uno de esos ríos suizos ante los que posara Borges, que admiraba a Hesse tanto como uno y otro apreciaban el territorio helvético como tierra de acogida. Solo unos pocos meses les privaron de coincidir allí. Cuando Borges abandonó Suiza en junio de 1918, Hesse aún no había huido de Alemania. Llegado a Suiza en 1919, permaneció allí hasta su muerte en 1962. De haber vivido cinco años más, Borges también habría podido fabular un encuentro en el que uno y otro prefirieran haber sido el río antes que Heráclito. A condición de que el río atravesara Suiza.