Un río es una trinchera. Espacial y a veces también temporal. El Rin sirvió de frontera norte al Imperio Romano. Poblado de castillos y leyendas que el Romanticismo exacerbó, el valle medio de ese río sirvió de inspiración, ya en el siglo XIX, a líderes tenebrosos y a hombres de genio. Cuando Richard Wagner hubo de dar comienzo a su ciclo operístico El anillo del Nibelungo lo hizo con El oro del Rin. Superpuesta a la actual frontera franco-alemana, fue durante al menos cien años un mapa en el que leer las líneas sagradas del alma, la historia y la identidad cultural germana. Wagner reformuló ancestrales leyendas germánicas que dormían, de hecho, en el fondo del río, allí donde las ninfas custodian un oro místico. Aquel que forjara un anillo con él obtendría el poder absoluto del mundo, pero a cambio estaba obligado a renunciar al amor para siempre. Estrenada en 1876, los mitos que exaltaba contribuyeron poderosamente a unificar un sentimiento de identidad pangermánica y unidad cultural frente a sus vecinos europeos, particularmente Francia, incluso si esa ópera trata explícitamente de la creación de un anillo a partir de oro robado, del poder financiero y la codicia que corrompe. Wagner usó esos temas para crear una alegoría contra el capitalismo industrial temprano y la corrupción del poder. El reino fundado a partir del oro robado fue descrito como una oscura fábrica subterránea donde el trabajo pervive esclavizado y la riqueza es el único valor, algo que Fritz Lang convertiría después en Metrópolis en el mismo símbolo, actualizado a la era plenamente industrial de las primeras décadas del siglo XX.
El dios supremo de esa ópera, Wotan, representa en ella a la autoridad tradicional, y también profética: al romper tratados y usar la violencia y el engaño para construir su fortaleza (el Valhalla), Wagner ilustró cómo el poder político se corrompe a sí mismo, arrasando a su paso los derechos y libertades -siempre precarias- de la clase trabajadora. Wagner murió seis años antes de que naciera Hitler, que llegado el día hallaría en éste los sonidos de la grandeza aria, el espíritu de lucha y los delirios raciales y supremacistas (acaso también del hurto impune) del nacionalsocialismo.
El robo se convirtió en el núcleo del problema fronterizo entre Francia y Alemania. Y ya estaba ahí cuando Wagner fabuló su ópera. Anexionadas por el Imperio Alemán en 1871 tras la guerra franco-prusiana, las regiones de Alsacia y Lorena, ricas en carbón y mineral de hierro, se convirtieron en recursos vitales para la industria armamentística. Cuando la Primera Guerra Mundial dio comienzo en 1914, Alemania concentró sus tropas en esa frontera. Una vez que Alemania la traspasó, su avance solo fue frenado en la primera batalla del Marne. La guerra se estancó y fortificó en una segunda frontera, esta de trincheras, que iba desde la frontera suiza hasta el Mar del Norte.
Paseando por Friburgo, una mujer española afincada en Alemania desde hace cuarenta años, describe la sequía prolongada y dice que los cargueros que surcan el Rín transportan apenas la tercera parte del peso normal debido al escaso caudal. Tienen que recorrer tres veces el trayecto que antes solo exigía un viaje. El oro del Rín es finalmente su agua.
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