sábado, 1 de agosto de 2026

Otro aleph buscaremos



El derecho a la belleza que sugiere pasear por el asombroso parque temático de la arquitectura, el diseño industrial y el paisajismo que es Vitra Campus, a las afueras de Basilea, se convierte en el derecho a lo perturbador que espera en la retrospectiva del francés Pierre Huyghe en la fundación Beyeler, también en las proximidades de la ciudad. Uno de sus cortometrajes -Camata (2024)- muestra varias estructuras robóticas moverse lentamente en torno al esqueleto de un ser humano en un terreno árido, que podría ser un desierto de este u otro mundo. Proyectadas en una pantalla inmensa, es hipnótico y fascinante como el resto de la muestra. También ominosamente unido a otro de sus cortometrajes. -Human Mask (2014)- en el que, acaso único habitante ya de una población japonesa, arrasada por un terremoto o un tsunami, un primate que lleva puesta una máscara humana de rasgos orientales deambula por el interior de una casa, como si tratara de averiguar cuál de las dos vidas -la humana o la simiesca- prevalece en medio de la devastación y el vacío. 

 “¿En cuál de mis ciudades moriré?” -se preguntó Jorge Luis Borges. Se cumplen 40 años desde que lo averiguara en Ginebra. En uno de sus relatos escritos en 1972 -El otro- al autor, ya un anciano sentado junto a un río en Cambridge, se encuentra con una versión más joven de sí mismo, que dice estar sentado efectivamente junto a un río, pero es el Ródano, en Ginebra, donde lleva viviendo desde 1914. Cuando el primero resume los años por venir enumera el destino de varios países –“Francia no tardó en capitular; Inglaterra y América libraron contra un dictador alemán, que se llamaba Hitler, la cíclica batalla de Waterloo”. Añadió que Buenos Aires había engendrado en Juan Domingo Perón otro Rosas, que Rusia estaba apoderándose del planeta; y América, “trabada por la superstición de la democracia, no se resuelve a ser un imperio”. ¿Qué hubiera dicho de la evolución de Suiza, a donde aún no podía saber que volvería para vivir allí el último año de su vida?. Borges juzgaba ese territorio un ejemplo moral para la humanidad y, como antes que él Erasmo, Calvino, Voltaire o Brecht, un refugio intelectual donde era posible sentir respetada la propia cultura y la lengua que uno llevara consigo. El año que escribió Los otros aún no había compuesto el poema Los Conjurados (1985), en el que describe a Suiza como un "acto de fe". Lo hay también en su relato, donde para demostrar que no están soñando, el primero propone citarse al día siguiente en ese mismo lugar. Ninguno de los dos comparece entonces, o eso presupone la versión anciana, que es la que narra el encuentro. Borges también pudo haber resuelto que, paralelos al cauce de un río, hay muchos bancos y que debía ser fácil confundirse y sentarse en otro, especialmente cuando uno de ellos es ya casi ciego y dice distinguir apenas luces, sombras y el color amarillo. 

A principios de siglo el alemán Herman Hesse había fabulado la peripecia de Hans Giebenrath, de cuyo padre, un pequeño burgués que no parece haber hecho nada en la vida para merecer que su hijo sea un prodigio, Hesse escribió que “podía haber cambiado su nombre y domicilio con cualquier vecino, sin que nada hubiese cambiado”. Parece describir la tumba que espera pronto a su hijo. Exigido el triunfo a toda costa, ingresa en un exigente seminario que acaba aniquilando su creatividad. Giebenrath colapsa, es expulsado y finalmente muere ahogado en uno de esos ríos suizos ante los que posara Borges, que admiraba a Hesse tanto como uno y otro apreciaban el territorio helvético como tierra de acogida. Solo unos pocos meses les privaron de coincidir allí. Cuando Borges abandonó Suiza en junio de 1918, Hesse aún no había huido de Alemania. Llegado a Suiza en 1919, permaneció allí hasta su muerte en 1962. De haber vivido cinco años más, Borges también habría podido fabular un encuentro en el que uno y otro prefirieran haber sido el río antes que Heráclito. A condición de que el río atravesara Suiza.

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