Rodeada de fronteras terrestres, pero ubicada de tal forma que el agua de sus ríos desemboca en cuatro mares distintos (el mar del Norte, el Mediterráneo, el mar Negro y el mar Adriático), Suiza pudo haber optado hace siglos por ser una isla a la que pudieran acogerse quienes huían de otras regiones, perseguidos por las ideas que tenían, o como en el caso de Erasmo de Rotterdam, por las que no terminaban de tener. Éste llegó a Basilea en 1521, donde permanecería hasta su muerte en 1536. Años antes había vivido y trabajado en Lovaina. Sería allí donde ultimara en 1516 su edición crítica del Nuevo Testamento. Una traducción nueva era cuanto Martin Lutero necesitaba para empezar a hacer legible la reforma eclesiástica que acabaría siendo el protestantismo. Volvería a ella una y otra vez durante toda su vida. En 1522 él mismo tradujo la Biblia al alemán, que a su vez sería la base que empleara William Tyndale para crear la suya al inglés en 1526.
Liberarse del latín como lengua única del acceso a Dios también permitía empezar a hacer prescindible a sus intérpretes. El catolicismo entendió pronto el peligro. Un año después de la traducción al griego de Erasmo los seguidores de Lutero se habían extendido por todo el continente. Y con ello las sospechas sobre el papel de Erasmo en la herejía en marcha. Lutero le alababa allí donde iba. Acababa de empezar una guerra y unos y otros hicieron lo propio en esos casos: reclamaron a todo el mundo que hiciera público de qué bando estaba. Erasmo se negó a elegir. Ambos le disgustaban por igual, quizá porque el acto de declararse partidario de unos implicaba así el rechazo, la condena absoluta de los otros. Para éste, que había pasado su vida luchando contra el dogmatismo y los abusos de poder (del catolicismo, pero también de la educación que se impartía por doquier) solo debía significar convertir una cadena en dos. Amaba lo que halló en Ginebra: libertad para no tener que elegir.
Aún así hubo de dar explicaciones que respaldaban al bando oficial. Declaró que sus críticas pasadas no eran contra el catolicismo sino contra los obispos y frailes que pervertían el dogma de fe vendiendo el perdón de los pecados. Al mismo tiempo, Lutero pidió a Erasmo que aceptara encarnar en persona lo que ya representaba, de facto, su traducción. La negativa a respaldar a uno u otro bando fue interpretada por ambos como cobardía y deslealtad. En su exilio le siguió Juan Calvino, que llegaría a Basilea en 1535 huyendo de una persecución francesa contra cristianos protestantes.
Colgado en una de las paredes del Kuntstmuseum de Basilea, donde también se halla el retrato de Erasmo que pintara Hans Holbein en 1523, puede contemplarse la primera de las múltiples versiones de su lienzo La isla de los muertos que el suizo Arnold Böcklin comenzó a pintar en 1880. En él una pequeña barca -la del griego Caronte- llega a un pequeño islote portando un ataúd y a su muerto de pie. En ella hay altos cipreses y algunas edificaciones excavadas en la roca, pero no son nichos y sus ventanas acaso iluminan un interior que imaginamos tan sombrío como todo lo demás. Nadie les espera para recibirles, como si cada muerto fuera siempre el único que llega. Y la isla en sí, el espacio entero que aguarda a quien ya no puede ir a sitio alguno. En los meses cálidos, los habitantes de Basilea -y turistas como nosotros- se arrojan a las aguas del Rín aferrados a una bolsa impermeable que, al mismo tiempo que guarda ropa y enseres, les sirve de flotador, y se dejan llevar, como Erasmo, por la corriente durante varios kilómetros. Cuando llegan a la parte de la ciudad que conviene a cada uno, salen para ir a sus casas o a cualquiera de las terrazas dispuestas a lo largo de su cauce.
Un segundo río, este de hilos de algodón blanco, desciende de las alturas de la catedral de Friburgo, en Alemania, tensados por su anclaje en el altar mayor de Hans Baldung, a más de 100 m de distancia, como si la finísima trama de mitos y arrogancia fuera, por un instante, por fin visible en la instalación de Elke Maier. Enterrado en la catedral que vemos pasar flotando, si Erasmo llegó a ella en una barca similar, debió pasar años en mar abierto, donde el catolicismo del que no abjuró y el protestantismo que no cesó de esperarle resolvieran qué tipo de isla era alguien como él.
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