martes, 4 de agosto de 2026
lunes, 3 de agosto de 2026
Ríos que dan al reloj
Un río es una trinchera. Espacial y a veces también temporal. El Rin sirvió de frontera norte al Imperio Romano. Poblado de castillos y leyendas que el Romanticismo exacerbó, el valle medio de ese río sirvió de inspiración, ya en el siglo XIX, a líderes tenebrosos y a hombres de genio. Cuando Richard Wagner hubo de dar comienzo a su ciclo operístico El anillo del Nibelungo lo hizo con El oro del Rin. Superpuesta a la actual frontera franco-alemana, fue durante al menos cien años un mapa en el que leer las líneas sagradas del alma, la historia y la identidad cultural germana. Wagner reformuló ancestrales leyendas germánicas que dormían, de hecho, en el fondo del río, allí donde las ninfas custodian un oro místico. Aquel que forjara un anillo con él obtendría el poder absoluto del mundo, pero a cambio estaba obligado a renunciar al amor para siempre. Estrenada en 1876, los mitos que exaltaba contribuyeron poderosamente a unificar un sentimiento de identidad pangermánica y unidad cultural frente a sus vecinos europeos, particularmente Francia, incluso si esa ópera trata explícitamente de la creación de un anillo a partir de oro robado, del poder financiero y la codicia que corrompe. Wagner usó esos temas para crear una alegoría contra el capitalismo industrial temprano y la corrupción del poder. El reino fundado a partir del oro robado fue descrito como una oscura fábrica subterránea donde el trabajo pervive esclavizado y la riqueza es el único valor, algo que Fritz Lang convertiría después en Metrópolis en el mismo símbolo, actualizado a la era plenamente industrial de las primeras décadas del siglo XX.
El dios supremo de esa ópera, Wotan, representa en ella a la autoridad tradicional, y también profética: al romper tratados y usar la violencia y el engaño para construir su fortaleza (el Valhalla), Wagner ilustró cómo el poder político se corrompe a sí mismo, arrasando a su paso los derechos y libertades -siempre precarias- de la clase trabajadora. Wagner murió seis años antes de que naciera Hitler, que llegado el día hallaría en éste los sonidos de la grandeza aria, el espíritu de lucha y los delirios raciales y supremacistas (acaso también del hurto impune) del nacionalsocialismo.
El robo se convirtió en el núcleo del problema fronterizo entre Francia y Alemania. Y ya estaba ahí cuando Wagner fabuló su ópera. Anexionadas por el Imperio Alemán en 1871 tras la guerra franco-prusiana, las regiones de Alsacia y Lorena, ricas en carbón y mineral de hierro, se convirtieron en recursos vitales para la industria armamentística. Cuando la Primera Guerra Mundial dio comienzo en 1914, Alemania concentró sus tropas en esa frontera. Una vez que Alemania la traspasó, su avance solo fue frenado en la primera batalla del Marne. La guerra se estancó y fortificó en una segunda frontera, esta de trincheras, que iba desde la frontera suiza hasta el Mar del Norte.
Paseando por Friburgo, una mujer española afincada en Alemania desde hace cuarenta años, describe la sequía prolongada y dice que los cargueros que surcan el Rín transportan apenas la tercera parte del peso normal debido al escaso caudal. Tienen que recorrer tres veces el trayecto que antes solo exigía un viaje. El oro del Rín es finalmente su agua.
sábado, 1 de agosto de 2026
La isla de los vivos
Rodeada de fronteras terrestres, pero ubicada de tal forma que el agua de sus ríos desemboca en cuatro mares distintos (el mar del Norte, el Mediterráneo, el mar Negro y el mar Adriático), Suiza pudo haber optado hace siglos por ser una isla a la que pudieran acogerse quienes huían de otras regiones, perseguidos por las ideas que tenían, o como en el caso de Erasmo de Rotterdam, por las que no terminaban de tener. Éste llegó a Basilea en 1521, donde permanecería hasta su muerte en 1536. Años antes había vivido y trabajado en Lovaina. Sería allí donde ultimara en 1516 su edición crítica del Nuevo Testamento. Una traducción nueva era cuanto Martin Lutero necesitaba para empezar a hacer legible la reforma eclesiástica que acabaría siendo el protestantismo. Volvería a ella una y otra vez durante toda su vida. En 1522 él mismo tradujo la Biblia al alemán, que a su vez sería la base que empleara William Tyndale para crear la suya al inglés en 1526.
Liberarse del latín como lengua única del acceso a Dios también permitía empezar a hacer prescindible a sus intérpretes. El catolicismo entendió pronto el peligro. Un año después de la traducción al griego de Erasmo los seguidores de Lutero se habían extendido por todo el continente. Y con ello las sospechas sobre el papel de Erasmo en la herejía en marcha. Lutero le alababa allí donde iba. Acababa de empezar una guerra y unos y otros hicieron lo propio en esos casos: reclamaron a todo el mundo que hiciera público de qué bando estaba. Erasmo se negó a elegir. Ambos le disgustaban por igual, quizá porque el acto de declararse partidario de unos implicaba así el rechazo, la condena absoluta de los otros. Para éste, que había pasado su vida luchando contra el dogmatismo y los abusos de poder (del catolicismo, pero también de la educación que se impartía por doquier) solo debía significar convertir una cadena en dos. Amaba lo que halló en Ginebra: libertad para no tener que elegir.
Aún así hubo de dar explicaciones que respaldaban al bando oficial. Declaró que sus críticas pasadas no eran contra el catolicismo sino contra los obispos y frailes que pervertían el dogma de fe vendiendo el perdón de los pecados. Al mismo tiempo, Lutero pidió a Erasmo que aceptara encarnar en persona lo que ya representaba, de facto, su traducción. La negativa a respaldar a uno u otro bando fue interpretada por ambos como cobardía y deslealtad. En su exilio le siguió Juan Calvino, que llegaría a Basilea en 1535 huyendo de una persecución francesa contra cristianos protestantes.
Colgado en una de las paredes del Kuntstmuseum de Basilea, donde también se halla el retrato de Erasmo que pintara Hans Holbein en 1523, puede contemplarse la primera de las múltiples versiones de su lienzo La isla de los muertos que el suizo Arnold Böcklin comenzó a pintar en 1880. En él una pequeña barca -la del griego Caronte- llega a un pequeño islote portando un ataúd y a su muerto de pie. En ella hay altos cipreses y algunas edificaciones excavadas en la roca, pero no son nichos y sus ventanas acaso iluminan un interior que imaginamos tan sombrío como todo lo demás. Nadie les espera para recibirles, como si cada muerto fuera siempre el único que llega. Y la isla en sí, el espacio entero que aguarda a quien ya no puede ir a sitio alguno. En los meses cálidos, los habitantes de Basilea -y turistas como nosotros- se arrojan a las aguas del Rín aferrados a una bolsa impermeable que, al mismo tiempo que guarda ropa y enseres, les sirve de flotador, y se dejan llevar, como Erasmo, por la corriente durante varios kilómetros. Cuando llegan a la parte de la ciudad que conviene a cada uno, salen para ir a sus casas o a cualquiera de las terrazas dispuestas a lo largo de su cauce.
Un segundo río, este de hilos de algodón blanco, desciende de las alturas de la catedral de Friburgo, en Alemania, tensados por su anclaje en el altar mayor de Hans Baldung, a más de 100 m de distancia, como si la finísima trama de mitos y arrogancia fuera, por un instante, por fin visible en la instalación de Elke Maier. Enterrado en la catedral que vemos pasar flotando, si Erasmo llegó a ella en una barca similar, debió pasar años en mar abierto, donde el catolicismo del que no abjuró y el protestantismo que no cesó de esperarle resolvieran qué tipo de isla era alguien como él.
Otro aleph buscaremos
El derecho a la belleza que sugiere pasear por el asombroso parque temático de la arquitectura, el diseño industrial y el paisajismo que es Vitra Campus, a las afueras de Basilea, se convierte en el derecho a lo perturbador que espera en la retrospectiva del francés Pierre Huyghe en la fundación Beyeler, también en las proximidades de la ciudad. Uno de sus cortometrajes -Camata (2024)- muestra varias estructuras robóticas moverse lentamente en torno al esqueleto de un ser humano en un terreno árido, que podría ser un desierto de este u otro mundo. Proyectadas en una pantalla inmensa, es hipnótico y fascinante como el resto de la muestra. También ominosamente unido a otro de sus cortometrajes. -Human Mask (2014)- en el que, acaso único habitante ya de una población japonesa, arrasada por un terremoto o un tsunami, un primate que lleva puesta una máscara humana de rasgos orientales deambula por el interior de una casa, como si tratara de averiguar cuál de las dos vidas -la humana o la simiesca- prevalece en medio de la devastación y el vacío.
“¿En cuál de mis ciudades moriré?” -se preguntó Jorge Luis Borges. Se cumplen 40 años desde que lo averiguara en Ginebra. En uno de sus relatos escritos en 1972 -El otro- al autor, ya un anciano sentado junto a un río en Cambridge, se encuentra con una versión más joven de sí mismo, que dice estar sentado efectivamente junto a un río, pero es el Ródano, en Ginebra, donde lleva viviendo desde 1914. Cuando el primero resume los años por venir enumera el destino de varios países –“Francia no tardó en capitular; Inglaterra y América libraron contra un dictador alemán, que se llamaba Hitler, la cíclica batalla de Waterloo”. Añadió que Buenos Aires había engendrado en Juan Domingo Perón otro Rosas, que Rusia estaba apoderándose del planeta; y América, “trabada por la superstición de la democracia, no se resuelve a ser un imperio”. ¿Qué hubiera dicho de la evolución de Suiza, a donde aún no podía saber que volvería para vivir allí el último año de su vida?. Borges juzgaba ese territorio un ejemplo moral para la humanidad y, como antes que él Erasmo, Calvino, Voltaire o Brecht, un refugio intelectual donde era posible sentir respetada la propia cultura y la lengua que uno llevara consigo. El año que escribió Los otros aún no había compuesto el poema Los Conjurados (1985), en el que describe a Suiza como un "acto de fe". Lo hay también en su relato, donde para demostrar que no están soñando, el primero propone citarse al día siguiente en ese mismo lugar. Ninguno de los dos comparece entonces, o eso presupone la versión anciana, que es la que narra el encuentro. Borges también pudo haber resuelto que, paralelos al cauce de un río, hay muchos bancos y que debía ser fácil confundirse y sentarse en otro, especialmente cuando uno de ellos es ya casi ciego y dice distinguir apenas luces, sombras y el color amarillo.
A principios de siglo el alemán Herman Hesse había fabulado la peripecia de Hans Giebenrath, de cuyo padre, un pequeño burgués que no parece haber hecho nada en la vida para merecer que su hijo sea un prodigio, Hesse escribió que “podía haber cambiado su nombre y domicilio con cualquier vecino, sin que nada hubiese cambiado”. Parece describir la tumba que espera pronto a su hijo. Exigido el triunfo a toda costa, ingresa en un exigente seminario que acaba aniquilando su creatividad. Giebenrath colapsa, es expulsado y finalmente muere ahogado en uno de esos ríos suizos ante los que posara Borges, que admiraba a Hesse tanto como uno y otro apreciaban el territorio helvético como tierra de acogida. Solo unos pocos meses les privaron de coincidir allí. Cuando Borges abandonó Suiza en junio de 1918, Hesse aún no había huido de Alemania. Llegado a Suiza en 1919, permaneció allí hasta su muerte en 1962. De haber vivido cinco años más, Borges también habría podido fabular un encuentro en el que uno y otro prefirieran haber sido el río antes que Heráclito. A condición de que el río atravesara Suiza.
viernes, 31 de julio de 2026
Esferas relativas
Entre finales del siglo XVI y principios del XVII el alemán Johannes Kepler escribió tres obras que ayudaron a superar el modelo del universo que presuponía una estructura de esferas celestes que ninguna deidad sensata hubiera firmado pero sí un escenógrafo. Kepler sustituyó esa figura por trayectorias que llamó órbitas. Tres siglos después, el también alemán Albert Einstein vivió, estudió y trabajó en Suiza durante muchos años. Obtuvo la ciudadanía suiza en 1901 y publicó en 1905 sus revolucionarios artículos científicos, incluida la Teoría de la Relatividad Especial, mientras trabajaba en la Oficina de Patentes de Berna. Si la relatividad es otra forma de decir neutralidad, la órbita de influencia suiza también es legible en sus esferas sociales y económicas. Hong Kong acaba de superar a Suiza como “el principal epicentro mundial de patrimonio transfronterizo”, y apenas ha transcurrido un mes desde que los habitantes del país helvético votarán -no por mucho margen- en contra de limitar su población a 10 millones de personas hasta 2050. Actualmente son 9,1 y casi un 20% de ellos han llegado en los últimos 24 años. Una de las huellas más visibles del flujo migratorio es paisajística: en algunos lugares la construcción en altura crece paralela a las vías del tren. El porcentaje de extranjeros igualará o superará a la de ciudadanos suizos de aquí a mitad de siglo. La ultraderecha suiza aglutina hoy casi uno de cada tres votos, un porcentaje que dudosamente irá a menos a medida que los miedos habitualmente pregonados -el abuso, incluso quiebra, del sistema de Seguridad Social, la delincuencia, la ausencia de control en la calidad de los llegados, la destrucción del ecosistema de prioridades locales- calen en la mente de su población a medida que la visibilidad de los extranjeros lo hace también. Tampoco las causas objetivas de desazón -mayor demanda de vivienda y precios al alza, atascos y servicios saturados, le mengua de espacios verdes.
Suiza no pertenece a la Unión Europea aunque goza de acceso al mercado único, al que envía la mitad de sus exportaciones anuales. Y como sucede en casi todas partes, depende de la mano de obra extranjera en sectores como la gastronomía o la sanidad en un país cada vez más envejecido. Lo era ya hace setenta años. Quienes se oponían a la contaminación racial del país eran, como el suizo James Schwarzenbach, intolerantes que habían llegado al fascismo a través del anticomunismo. El catolicismo integrista de éste halló en el franquismo un grial ideológico que su propio país no compartía. Escribió a favor del nuevo régimen llegado violentamente a nuestro país y negó que Franco fuera un dictador. Llamó a la formación de una Internacional católica y consideró que el laicismo, y en general toda forma de inteligencia crítica, había envenenado el continente inculcando nociones degeneradas y burguesas. Escribe Moisés Prieto López que éste añoraba el Antiguo Régimen, “una jerarquía establecida divinamente, de la sociedad estamental y de un orden social desarrollado dentro de la fe católica”. Schwarzenbach llegó a ocupar el único escaño que obtuvo en 1967 la extrema derecha suiza. Durante los siguientes tres años trató de sacar adelante una iniciativa popular que proponía reducir el porcentaje de extranjeros a un 10 por 100 en cada cantón a excepción de Ginebra, donde se permitiría un 25 por 100. También propugnaba impedir el despido de trabajadores suizos mientras trabajasen extranjeros en el mismo establecimiento. Gran parte de la población votó y fue rechazada.
Hacerse preguntas a tiempo parece una tradición local: el mismo día que el referéndum sobre el cupo de población era votado también lo hacía la posibilidad de elegir un servicio civil que reemplace al militar. En Berna sobre si solicitar un crédito para renovar un museo. Y en Zurich para frenar el coste de la vivienda. Para llegar a ese punto hace falta recoger al menos 100.000 firmas de apoyo aunque eso no garantiza que el parlamento apruebe su votación. Escribe Sara Velert en El País que desde 1893 se han puesto en marcha 551 iniciativas populares, de las que se han llegado a votar 241. Menos de una de cada diez han sido aprobadas. “Entre ellas, la primera a finales del siglo XIX, en la que los suizos apoyaron con un 60,1% que no se pudiera sacrificar animales en el matadero sin sedarlos antes. En esa lista corta están también una moratoria a la construcción de centrales nucleares en 1990; la que exigió una producción agrícola libre de transgénicos (2005); la prohibición de construir minaretes en Suiza en 2009; o la que apoyó en 2024 una paga extra para los pensionistas”. En una de cada dos propuestas, el Parlamento acabó creando una ley o cambiando una existente. “Pensado en su origen como una vía para que ideas o grupos minoritarios pudieran tener voz, el sistema afronta periódicamente críticas por la gran cantidad de votaciones en marcha, los recursos administrativos que consumen y el coste las campañas, o por el uso que hacen de ellas los partidos para ejercer presión política, como ocurre con la iniciativa del próximo domingo”. Además de las múltiples demandas que parten de la población, en los registros figuran más de “referéndums nacionales facultativos contra leyes aprobadas y también consultas obligatorias, estas en caso de acuerdos de Estado como los firmados con la UE. Partidos de ultraderecha como AfD en Alemania o el Partido de la Libertad en Austria reclaman la introducción de un sistema como el suizo en sus países, tal vez con la esperanza de lograr más poder por esa vía. También partidos de izquierda, como La Francia Insumisa, piden ahondar en la capacidad de reclamar referéndums. “En realidad, nadie tiene garantías tal y como está organizada la democracia directa en Suiza, que no pertenece a nadie. No es una herramienta al servicio de una fuerza política concreta. A veces se sale con la suya la izquierda con una reivindicación, otras veces la derecha, y muy a menudo fracasan ambas”, concluye un politólogo.
jueves, 30 de julio de 2026
Todo va bien entre los muertos
Obtenido durante el proceso de gestación de su documental (1985), Claude Lanzmann consideró a mediados de los noventa que la entrevista al suizo Maurice Rossel, encargado de representar a la Cruz Roja en Alemania durante la segunda guerra mundial, merecía un documental para él solo dada la propia condición del campo de Theresienstadt como un falso documental con que los nazis trataron de ocultar la dimensión del genocidio judío. Cuando Rossel visitó ese campo en 1944, Benjamin Murmelstein ya estaba allí. Y si acaso la hora escasa que dura aquel –Un vivant qui passe- en un autor cuyas demás obras no bajan de las cuatro puede aspirar a honrar la brevedad de la mirada de Rossel, las casi cuatro que abarca El último de los insustos son un reverso a la altura de Murmelstein.
Se daban demasiadas circunstancias para no sospechar de él e Israel no desperdició una sola: no solo era el presidente del Consejo Judío del campo de concentración cuando los nazis decidieron, con fines propagandísticos, disfrazarlo de parque temático del judaísmo en tiempos de guerra, no solo no se opuso sino que colaboró explícitamente, no solo gozaba del raro privilegio de tratar con eichmann con cierta familiaridad, además cometió el más sospechoso de los crímenes: sobrevivió. Ningún otro presidente de un Consejo Judío salió vivo de los campos. Vivió en Roma el resto de sus días, imposibilitado de volver a Israel, de donde fue reclamado para poder juzgarle. Ya había sido absuelto de los cargos en varios juicios.
Si Murmelstein entendió la oferta de Lanzmann como la última de sus posibilidades de explicarse en detalle, no podía ser por el prestigio de hacerlo para el hombre que daría al mundo Shoah, pues ésta llegaría a los cines diez años de que la entrevista fuera grabada, en 1975. Lanzmann tardó cuarenta años en decidir emplear la entrevista a Murmelstein. Si duele saber que el suyo fue el primer testimonio que Lanzmann grabara para lo que después sería Shoah, duele más saber que éste no viviría para ver a Rossel defenderse de lo que él se había defendido veinte años antes y con solvencia infinitamente mayor. No me hagas parecer tonto –confiesa Lanzmann le pidió Rossel antes de afrontar su propia entrevista. Si Lanzmann cumplió su palabra en 1997, con Rossel muerto no había razón para no exhumar una verdad menos injusta, acaso, dada la edad de Lanzmann, la última también para él.
Cita Murmelstein a Orfeo y Eurídice y quizá solo en ese instante su único lazo con Rossel se hace evidente: pues cómo explicar, vengas del infierno acusado de credulidad o de traición, que regresas solo no por tu culpa, sino por circunstancias imposibles de creer si no se ven. Durante 8 horas del 13 de junio de 1944, Rossel paseó por el campo de concentración de Theresienstadt sin apreciar un solo indicio de que aquello era un campo de exterminio. Camuflado por los nazis hasta venderlo como un campo especial, que contenía, civilizadamente instalados, a judíos más soportables, Rossel dijo no haber sentido que aquello fuera sino un balneario del que no se podía salir. Fue, por supuesto, engañado. Se le dijo que Theresienstadt era un campo final, que no existían sucesivas deportaciones hacia el este. No más preguntas fueron formuladas.
Inserto así en las decenas de libros que se iban a escribir sobre la complicidad voluntaria de la sociedad nazi mientras miraba hacia otro lado, Rossel se habría hecho el muerto incluso en la tumba al leer a Otto Dov Kulka en Paisajes de la metrópoli de la muerte (Taurus/2013). Y en éste, cómo cartas halladas en los archivos de la Oficina central de la seguridad del reich desvelan que el “campo de familia” de Auschwitz –formado por judíos llegados de Theresienstadt- fue elegido por los nazis como segundo objetivo de la farsa erigida en éste. Una vez que el informe de Rossel describió cómo la visita a Theresienstadt “satisfizo todas sus expectativas”, la visita segunda se hizo innecesaria. Poco después, el campo especial que en Auschwitz solo existía en función de esa probable visita, fue liquidado y sus prisioneros, ejecutados. Refugiado posteriormente en Buenos Aires, el oficial médico de ese campo -Josef Mengele- acabaría viajando a Suiza de vacaciones en 1956, tres años antes de que existiera una orden internacional de detención contra él.
miércoles, 29 de julio de 2026
Rojo y negro
A medida que el cine de Chaplin enriquecía sus temas y el vagabundo que encarnara en sus inicios se revelaba menos idóneo para representarlos, su imagen pública viajaba en sentido contrario en las mentes paranoicas del Comité de actividades antiamericanas: el hombre acaudalado que durante décadas representara el ascenso a la cumbre desde la miseria era, a mediados del siglo XX, un portavoz sutil del comunismo más peligroso: el exitoso. El único exitoso -habría podido defenderse hoy.
Como si a mayor tiempo transcurrido entre sus películas correspondiera mensajes de mayor calado que ya no iban a parar de devorar más terreno, los cuatro años que van de Tiempos modernos (1936) a El gran dictador (1940) contienen una visión feroz de las condiciones laborales impuestas por la producción en cadena y ligada también a la precariedad que trajo la Gran Depresión. Los siete que desde ésta a Monsieur Verdoux (1947), una mirada sobre los fascismos que en ese tiempo –solo Polonia había sido invadida- aún permitía el humor. Los cinco transcurridos entre ésta y Candilejas (1952), una opinión sobre los crímenes de estado –“la industria del armamento pronto dará grandes dividendos”- que iba a posarse intacta sobre Un rey en Nueva York (1957) y a desaparecer en la década que va de ésta a la postrera La condesa de Hong Kong (1967).
Chaplin se había casado con Oona O´Neill en 1943 y tenía 57 años cuando, aún en Los Ángeles, rodó Monsieur Verdoux apenas dos años después de terminada la Segunda Guerra Mundial. Pero en 1952, cuando Candilejas sustituyó la crítica social por una visión melancólica de la profesión a la que había dedicado toda su vida, Chaplin aún no sabía mientras la rodaba que la crítica social que él había aparcado juntaba sus últimas fuerzas contra él: antes del estreno le fue prohibida su entrada en Estados Unidos donde había vivido los últimos 45 años.
La parodia que había acompañado sus más afilados temas se encarnó en dos respuestas a la nación que le había acogido y después expulsado. Una de ellas fue Un rey en Nueva York; la segunda, el durísimo alegato final de Monsieur Verdoux, al cabo un asesino aunque ame a su hijo pequeño y a su mujer (diez años más joven y a la que puso Mona sin disimular mucho la referencia) –“durante 35 años use mi cerebro honestamente, después nadie lo quería. Me vi obligado a emprender mi propio negocio. Respecto a lo de ser un asesino en serie, ¿no es algo que el mundo alienta? ¿no se construyen armas con el único fin de asesinar a millones de personas? ¿no se ha despedazado a mujeres inocentes y niños pequeños con todos los recursos de la ciencia?”. Antes de ser ejecutado, les advierte de “que les verá pronto, muy pronto”.
Las bombas con las que concluyó el frente oriental y con él la Segunda Guerra Mundial habían caído sobre Nagasaki e Hiroshima apenas unos meses antes de que Chaplin empezara a rodar Monsieur Verdoux y la noción de crímenes contra la humanidad iba a ser en su cine desde entonces el de crímenes de la era nuclear. Incluso teñida de comedia, Un rey en Nueva York condensa en su fondo el nuevo mundo –su personaje es un rey depuesto que aspira a promover la energía nuclear pacífica que sus ministros quisieran para fines bélicos- tanto como su forma muestra, ya sin complejos dado que cumplía cinco años viviendo en Suiza, la paranoia de ver en el progresismo un síntoma de comunismo.
Con 540 páginas de Autobiografía a su disposición para ampliar o matizar la superposición de discursos que enhebraban su progresismo con ciertos lenguajes del comunismo, Chaplin se limitó a rememorar cierto mitin del Comité Americano de San Francisco que en 1942 pedía un segundo frente en la URSS que cerrara la pinza sobre el nazismo -“no soy comunista; soy un ser humano. Los comunistas no son diferentes de nadie; si pierden un brazo o una pierna, sufren como sufrimos los demás, y mueren como morimos los demás.” Para entonces, en 1964, a solo tres años de rodar la que sería su última película, las guerras libradas quizá ya no merecían ser escritas en términos de vencedores o vencidos. Chaplin tenía entonces 76 años y su munición al respecto, tan ampliamente esparcida como su semilla, con exactitud de metrónomo: dejaría once películas y otros tantos hijos.
Sutil o explícito, el ajuste de cuentas que había empezado en Tiempos modernos donde el obrero tratado como un tornillo más es acusado de comunista y el jefe de la fábrica que les explota parece practicar la tortura mientras lee la prensa y hace puzles, se encarnó en el discurso final de El gran dictador, dirigido al espectador y no a quien observa al personaje. Creó a Verdoux y al payaso de Candilejas cuyo tiempo pasó. Y finalmente eligió al rey Igor Shahdov para cerrar el tiempo de la persona Chaplin, ya fuera del personaje que le encumbrara y casi fuera de la propia ficción. Hoy basta entrar a su casa museo en Vevey -donde viviera sus últimos veinticinco años- para pasar por una puerta que une ambos mundos. Solo por hallarse delante de ella sin saberlo merece la pena el viaje.
lunes, 27 de julio de 2026
Mártires de la desobediencia
En 2007 Deane Blackler publicó un ensayo sobre W.G. Sebald que, ilustrado en portada por una imagen no completamente reconocible del suizo Robert Walser, debiera haber convertido su título –Reading Sebald. Adventure and disobedience- en el más involucrado –Reading Sebald. Adventure of disobedience. Confinado en un sanatorio para enfermos mentales en la Suiza oriental durante los últimos 23 años de su vida, Walser pasó y paseó casi esos mismos años acompañado eventualmente de Carl Seelig, un filántropo amante de su literatura, y probablemente su único amigo en esos años, que condensó en su maravilloso Paseos con Robert Walser la encarnación del autor suizo como personaje de sí mismo, esencialmente de una desobediencia que en él era incapacidad, poco sospechosa por otro lado, para hallar acomodo social en un tiempo –las notas de Seelig datan de 1936 a 1956- que vio el ascenso y la caída del nazismo.
Alabado por Sebald y por Coetzee entre otros, Walser comparte con el primero una mirada sobre lo que apenas se mueve mientras te rodea, mientras pasas a su lado sin reparar en ello solo porque está ahí cada segundo. La visión de Sebald sentado en el banco de una estación, simplemente esforzándose por sentir el paso engañosamente idéntico del tiempo, es puro Walser. La mezcla de precariedad y desobediencia militante, orgullosa, que emana éste está también en el retrato que Joseph Mitchell hizo de un vagabundo en sus dos relatos publicados en New Yorker, finalmente como libro con el título El secreto de Joe Gould (“tenía condiciones para convertirme en una especie de vagabundo, y apenas me resistí a ello” –diría Walser). También en el Artista del hambre que a Kafka le diera tiempo a escribir tras haber conocido y admirado a Walser. Y, algo más lejos en el tiempo, en el escribiente torturado y renuente que Melville pusiera a vivir esa obra maestra que, como las anteriores, es Bartebly el escribiente.
La desobediencia de la que fue testigo Mitchell en la forma de una gran, y genial, impostura, incubó en él la renuncia a escribir, de la que ya apenas saldría. Eso le hermana con Walser, y encarna fuera de los libros lo que Kafka (el director de la oficina de seguros en la que trabajó Kafka compararía a éste con los personajes soñadores de Walser) y Melville pusieran en ellos: la desobediencia como una renuncia no conflictiva, reivindicativa o combatiente, sino apaciguada, rendida al mundo. Los artistas del hambre y la escritura que en la ficción prefirieran no hacerlo, sirven de espejo a los que, en la vida real, prefirieron no escribirlo. Kafka, Walser, Mitchell vivieron para ver el horror que las guerras mundiales del siglo XX excavaron como una tumba en las conciencias. No ha de ser casual que el hallazgo de esa renuncia triste y callada tenga también, en ellos o sus personajes, la forma de una rendición por aniquilamiento moral.
Hasta ese instante, la historia de la desobediencia en la literatura es cualquier cosa menos la de un encogerse en la parálisis: de Adán a Prometeo, de Antígona a Alonso Quijano, de Romeo Montesco al ibseniano dr. Stockmann, de la Adela hija de Bernarda Alba al bombero Montag, negarse a obedecer es empezar una guerra en la que se pone todo en juego. La desobediencia como acto de rendición y no de lucha que Melville inicia con su Bartebly en 1853 iba a tardar en anclarse en Kafka setenta años. Y es difícil resistirse a ver en la figura de Seelig, trece años después, la del abogado de posición acomodada que, en un momento del cuento de Melville, pasa de ser el jefe pasmado ante la actitud de Bartebly a ser su protector. O dejar de ver en la descripción primera de éste -pálidamente pulcra, lamentablemente respetable, incurablemente solitaria- la de Walser. En una turbadora mezcla de ambos, la foto que Seelig tomara de Walser en 1954, bajo la nieve, sugiere no a Bartebly sino a su benefactor.
En su conformidad con el encogimiento de su persona pública, que no ha de confundirse con docilidad, Walser encierra también ese otro rasgo literario inmensamente más frecuente, la obediencia, y su rango no escaso de desdichas: la de Jesucristo, la de Hamlet, la de Sancho, la del Cándido de Voltaire, la de Fausto. Cuando Seelig le sugiere la posibilidad de instalarse fuera del sanatorio, Walser responde tener obligaciones para con el resto de pacientes, para con sus propios deberes dentro del hospital. Cuando se le pregunta si volvería a escribir fuera del sanatorio –lo que entre sus muros considera absurdo y cruel, en tanto que privado de libertad- responde Barteblianamente “con esa pregunta solo se puede hacer una cosa: no responderla”. Incluso su actitud durante una indisposición postrera –pasar la mayor parte de su convalecencia mirando a la pared- recuerda tristemente a Bartebly.
El dibujo adecuado
Tras ser ocupada y anexionada al Tercer Reich en junio de 1940, el régimen nazi prohibió el francés en Estrasburgo e impuso el alemán en escuelas e instituciones. La Universidad local fue refundada para servir de núcleo académico al nazismo, que veía en ella un modelo para la pedagogía propagandística bajo el ampuloso lema "en nombre de la raza y de la ciencia". Hoy es la capital parlamentaria europea. Si encarna la gestión común de las diferencias, responsabilidades y fronteras lingüísticas del continente, representó no hace tanto la extorsión de esa misma idea: veinte años después del final de la Segunda Guerra Mundial, Hannah Arendt escribió un polémico tratado sobre la banalidad del mal que sugería, de hecho, la individualidad difuminada -desaparecida- como explicación última de la indiferencia alemana ante las atrocidades nazis en las que participaban.
Su minuciosa descripción de las motivaciones y contramotivaciones de quienes perpetraran el genocidio son las de un ejército de eslabones que ejecutara órdenes, cada uno la suya, cada uno la que obligaba la orden llevada a cabo por el eslabón previo –“es un ser insignificante” –diría el ayudante del abogado que le defendió. La maldad libre de humanidad que hubieran deseado sus víctimas a la hora de juzgarles no podía ser tan calculada, tan previsible para poder serlo, sino aleatoria, desorganizada, hecha de impulsos y no de un diseño tan complejo –“sus pensamientos quedaron totalmente absorbidos por la formidable tarea de organización y administración que tenía que desarrollar en medio no solo de las circunstancias propias de la guerra, sino también, lo cual era más importante todavía, de innumerables intrigas y luchas por problemas de esferas de competencia de las diversas oficinas del Estado y del partido que dedicaban sus esfuerzos a la “solución del problema judío”.
Lo que decía Arendt sin poder saberlo entonces, dado que el capitalismo neoliberal aún no había comprado cuantas voluntades hiciera falta para silenciar cualquier crimen, es que eichmann, como acaso la totalidad del nazismo, militar o civil, no podía ser el diablo que se le pedía que fuera porque era solo un empleado, un hombre mediocre, banal, un burócrata a sueldo de una empresa y de un líder que constituía su único activo. Y donde la corrupción campaba al más clásicamente modo empresarial –“dieter wisliceny había aceptado cincuenta mil dólares a fin de que retrasara las deportaciones en Eslovaquia. himmler intentó vender permisos de salida a los judíos eslovacos, a cambio de una suma en moneda extranjera, suficiente para reclutar una división de las ss”. Que, en lo referente al problema judío, el objetivo de la cadena de producción ideológica fuera la aniquilación y no la producción no cambia el estatus –hoy perfectamente asumido- de que lo primero que paga un sueldo es la prohibición de lo que la propia conciencia tenga que decir. “Mi honor es mi lealtad” –rezaba el eslogan de las ss.
A qué sino a junta de accionistas suena una arenga de Himmler que la propia Arendt cita –“haber dado el paso al frente y haber permanecido íntegros, salvo excepcionales casos explicables por la humana debilidad, es lo que nos ha hecho fuertes. Esta es una gloriosa página de nuestra historia que jamás había sido escrita y que no volverá a escribirse… la orden de solucionar el problema judío es la más terrible orden que una organización podía jamás recibir”. Orden. Solucionar. Organización –“Himmler daba por escrito las órdenes de deportación a kaltenbrunner, jefe de las rsha, quien las notificaba a Muller, jefe de la gestapo, o sección IV de la rsha, quien a su vez transmitía verbalmente las órdenes a la subsección iv-b-4, es decir, a Eichmann. Himmler daba también órdenes a los jefes de las ss y de la policía de las distintas regiones… Sus órdenes iban a la wvha de pohl, desde donde eran transmitidas a Richard Glucks, inspector de los campos de exterminio, quien, a su vez, las comunicaba a los comandantes de los campamentos”. Qué más aséptico para un asesino que recibir su plan de incentivos como si hubiera una curva de rentabilidad esperando su aportación. “Eichmann creyó fervientemente en el éxito, el criterio que mejor le servía para determinar lo que era “la buena sociedad… su conciencia quedó tranquilizada cuando vio el celo y el entusiasmo que “la buena sociedad” ponía en reaccionar tal como él reaccionaba”.
Si el teatro adecuado podía aspirar a explicar el teatro abyecto, Peter Weiss tardó solo dos años más en publicar La indagación, a partir de los juicios de Frankurt-Auschwitz que tuvieron lugar de 1963 a 1965, y a los que, como Arendt en el de Eichmann, Weiss asistió como observador. La teatralidad que contaminaba las sesiones en Jerusalén –“el grito del ujier, al anunciar el inicio de cada sesión, producía un efecto parecido al que causa ver alzar el telón”- viajó hacia un infierno lejano en la obra de Weiss, concebida inicialmente como parte de un tríptico basado en las partes de la Divina Comedia, de Dante, del que quedaría finalmente como única obra.
Cien años antes Gustave Doré había ilustrado esa misma obra, ya inmerso en su objetivo de plasmar los grandes mitos, literarios y religiosos. Nacido en Estrasburgo en 1832, ilustró algunas de las más poderosas ensoñaciones humanas -los mitos bíblicos, el infierno de Dante y el de Milton, el gigantismo de Pantagruel- mientras las revoluciones burguesas se sucedían alrededor tratando de derrocar los mitos del absolutismo. De no haber muerto a los 51 años en 1883 habría podido coincidir en el mundo con Hitler y con Arendt.
domingo, 26 de julio de 2026
El mejor de los peores lugares posibles
La neutralidad que Suiza eligió para sí en 1815 no siempre estuvo disponible. Tampoco en otros países. Huido de Francia en 1726 y de la corte imperial prusiana en 1753, el francés Jean Marie Arouet -Voltaire- recaló en Suiza a finales de 1754. Allí, en Ginebra, escribió Cándido o el optimismo, una sátira feroz contra la intolerancia religiosa, la guerra como gloria atroz de las naciones, y la aureola, tan sagrada como corrupta, de reyes y nobles. Pero fue otra monarquía la que pagó su exilio dorado. Venerado por la emperatriz de Rusia, ésta encontró en Voltaire a quien, ya en la vejez, quizá había aprendido las conveniencias que su orgullo le había negado de joven. Ambos ganaban con su vasallaje mutuo: los elogios de Voltaire a sus guerras contra el Imperio Otomano y sus reformas legislativas validaban la monarquía imperial como símbolo de los valores ilustrados en suelo ruso. Y ésta acrecentaba la fortuna del escritor, de por sí suficiente como para adquirir un castillo en Ferney, Francia, justo en la frontera con Suiza, por si tenía que huir de un país al otro. Y viceversa.
En un pasaje de Cándido, éste y su acompañante se convierten sin esfuerzo en seres tan ricos como para poder comprar varias de las monarquías más ricas del mundo. Es un espejismo que dura lo que el mejor de los mundos posibles les arrebata todo eso y le devuelve a su condición de criados de los poderosos. Con un poco más de sensatez por parte de todos ellos -de Pangloss, de Cándido, de Cunegunda- habrían podido pasar por ancestros reconocibles de la incipiente burguesía que en el XIX convertiría a comerciantes, industriales y profesionales en una clase social harta de que lo único que no podía comprar su creciente prosperidad era derechos políticos.
Es Rousseau y no Cándido quien representa ese ancestro. Voltaire no era un defensor de la democracia y la república popular. Catalina de Rusia le apreciaba por encima de otros porque el ideal político de éste no incluía derrocar reyes sino el despotismo ilustrado, un oxímoron que presuponía una monarquía vigorosa guiada por los principios políticos y filosóficos de la ilustración, principalmente el racionalismo capaz de arrinconar la fe y las supersticiones. En Cándido hay solo un rey -el del Perú- que merezca ser definido así. Cuando se dispuso a escribir su relato, Voltaire había huido ya de dos de las monarquías supuestamente más ilustradas, la francesa y la prusiana. Quizá por eso estructuró su fábula moral como una sátira feroz de los mayúsculos principios que decían sustentar los reyes más leídos de su era. Uno de los dogmas de ese siglo renovador -el optimismo y el progreso- fue empleado por Voltaire como la causa de las desdichas atroces de sus personajes. La ciencia y la técnica, la convicción de que el futuro siempre será mejor que el pasado, es el lema defendido por Pangloss el filósofo, aunque le lleve a afirmar que toda atrocidad “es indispensable y las desgracias particulares engendran el bien general, de forma que cuantas más desdicha individual, mejor anda todo”. Poco después fundamentará cómo el terremoto de Lisboa había sido creado ex profeso para que su benefactor pueda ahogarse delante de sus ojos. Cuando esa ciencia y esa técnica sirven a Cándido para salir del reino montañoso del Perú es solo para dar comienzo a su ruina de nuevo, esta vez desde más alto. La búsqueda de la felicidad -otro de los grandes lugares comunes de la Ilustración- es, en la novela, el consuelo fatídico que sigue a cada atropello, la certeza sombría e inepta de que si este es el mejor de los mundos posibles, todo lo que les ocurre ha de ser porque es lo mejor que puede sucederles. La tolerancia religiosa y el laicismo les condena a la horca y a la hoguera. No se ha desvanecido el humo de la ciudad derribada por el terremoto cuando la Inquisición decide celebrar un auto de fe entre sus ruinas. Voltaire solo se compadeció del quinto de los lemas aunados en ese tiempo -las leyes de la naturaleza como lo correcto y lo auténtico- y fue para proporcionar a última hora, cuando las vidas de sus personajes están ya devastadas, el consuelo de cuidar, por fin, del propio jardín. Es decir, de prestar atención a lo que se tiene y no salir a buscar fantasías donde comprobar en cuerpo propio que todo lo que no es un pequeño refugio arde, de fuego o de ira, antes o después. El campesino que sirve para ilustrarlo vive, de hecho, apartado de la vida social. La lección es que cuanto más te alejes del hombre y sus afanes, más sencillo te será sobrevivir.
La máxima -la única lúcida que llega a asimilar (y tarde) el protagonista- que cierra la novela es que hay que cuidar el propio jardín, es decir, valorar lo que se tiene y hacerlo prosperar con discreción y sin ensoñaciones y delirios de grandeza. Suiza, que recuerda a un jardín cuidado allí donde uno va, está más cerca de Voltaire que de Alemania.
sábado, 25 de julio de 2026
Idealismo y puntualidad
El suizo Alain Tanner, cuya longeva producción abarca cuatro décadas íntegras dedicadas a contar la expresión exterior, inexplicable muchas veces, de la conciencia conflictiva, escogió paradójicamente el rasgo menos previsible para acompañarla: la regularidad, la previsibilidad. En tres de esos periodos rodó seis películas por década, cinco en la restante.
La década frugal resultó la de los setenta. Tanner la comenzó con cuarenta años y fue cumpliendo formas de la incomodidad social: con cuarenta y dos celebró, con La salamandra (1971), el encuentro entre dos adultos en la mitad de su vida con una mujer joven con la que compartirán cierta investigación y al mismo tiempo las incertidumbres económicas que les acosan a todos. Con El medio del mundo (1974) el espejismo de una relación sentimental sujeta a las diferencias de clase. Con Jonás, que cumplirá 25 años el año 2000 (1976), cumplió una precariedad ligada a la fraternidad de la mediana edad y en la que sobrevivían, pese a todo, las ilusiones. Y con Messidor (1979), celebró la rebeldía juvenil como símbolo de la ausencia de un lugar al que pertenecer.
La rebeldía de sus mujeres jóvenes sufre a la búsqueda de un sentido existencial mientras huyen y delinquen en grados diversos que van del chapucero intento de asesinato (La salamandra) o su consecución de última hora solo para probar (Messidor) o al robo robinhoodiano (Jonás). La búsqueda les une a todos en mitad del páramo de la incertidumbre. Con la excepción del personaje masculino en El medio del mundo, no hay un solo personaje en su cine de esa década que goce de un grado mínimamente sólido de estabilidad laboral o financiera. Y pocos parecen tener más de un abrigo o dos pares de zapatos.
Pero en esas maletas vacías cabe siempre un idealismo al que parece bastar la dieta frugal de quien lo sostiene. En La salamandra, el hombre que deja de pintar casas a la intemperie para poder, por fin, trabajar de escritor o algo parecido, parece igual de feliz de vuelta al primer trabajo. En Jonás, el hombre que colecciona hijos sin poder alimentarlos, decide, en contra de sus empleadores rurales, dejar de recolectar estiércol de caballo para dar clases a los hijos de los alrededores, que dejan así de ir al colegio. El profesor que enseña a pensar críticamente es despedido por ello. El hombre que trabaja en la imprenta decide avisar a unos granjeros para que no acepten la oferta embaucadora del banco. En Messidor, las dos huidas errantes ven en sus pequeños delitos un juego que mereciera la pena si ello les permite buscarse por dentro.
Lo que no puedes evitar hacer es tan presente como lo que no puedes evitar perder: por un lado, la mujer joven que en La salamandra no puede evitar acariciar la pierna de aquellos a los que prueba zapatos; la cajera que en Jonás no puede evitar no cobrar a aquellos que le parecen desvalidos; las que en Messidor no pueden evitar seguir adelante, cada vez peor, cada vez más indefensas. Por otro, el errático deambular en La salamandra de quienes investigan, la forma segura de ir perdiendo todo lo que les dieran por hacer un trabajo que no llegarán a hacer; el que en Jonás parece ir buscando la pérdida de empleo de casi todos; el que en Messidor avanza sabiendo que serán capturadas, que cada paso les acerca más.
La inevitabilidad parece ser ansiosamente buscada, como si merecerla fuera lo que necesitas para dormir bien. Cuantas causas melancólicas, utópicas o derrotistas iba a ocultar en el resto de la década, las ubicó Tanner en La salamandra, sembrada de eventos insignificantes que interrumpen el curso de la narración sin que vengan realmente a cambiarlo, solo por el placer de amagar conflictos lejanos, que se manifiestan fugaz pero expresivamente y con un nivel de detalle que trasciende su posibilidad de mero trasfondo:
Una pila de basura no recogida viene a obstaculizar fugazmente el paseo de uno de los protagonistas. Abarca apenas unos segundos pero el narrador le dota de un significado extraño al explicarlo como una huelga de barrenderos extranjeros, “repentina e intolerable”. Más tarde, un funcionario, pulcramente vestido, que llama a una puerta como quien hace una encuesta, se hurga la nariz como si buscara otra dentro de la suya. Explica ser inspector del Comité de defensa civil, sección defensa espiritual. Ha venido a saber qué hicieron al recibir el libro rojo (nada más sabemos de su significado, si fiscal o deportivo). Al decirle que lo tiraron, vacila un segundo, balbucea que eso significa apuntarles como que han… Hay una extrañeza que asoma y no se resuelve. Que podría significar algo valioso pero que se interrumpe, como si la atmósfera de investigación que no investiga necesitara desatender otras pistas, en otras áreas, acaso útiles para algo en lo que podrían indagar cuando el fracaso actual les colmé.
La extrañeza se encarnó fugaz, irrealmente, en Messidor, cuando la historia de las dos jóvenes que vagan por Suiza con una pistola robada es contada en un informativo, y las imágenes que de ellas se muestran en tv son las rodadas por el propio Tanner y que uno ha visto hace unos minutos. Como si en la búsqueda de quienes simplemente huyen de lo que no les hace felices poco importara, o se mereciera, un grado aceptable de verosimilitud. O como si mirar, aunque sea desde un cine o desde casa, te hiciera suficientemente cómplice.
domingo, 19 de julio de 2026
Navegación y escala
Tomada en Puerto Real, Cádiz, en 1949, la imagen del buque Villacastín en pleno montaje recuerda a una maqueta en la que se hubieran dispuesto alrededor, minuciosamente, las planchas y tiras de todos los tamaños y formas para ir añadiéndolos. Hay que fijarse mucho para advertir la figura de un operario de pie, sus ropas fundidas con el gris del acero restante. No hay grúas alrededor, solo una escalera apoyada que asciende hasta donde se halla, a unos cuatro metros del suelo. En la parte superior de la fotografía asoma otro casco en construcción, como si estuviera siendo construido con las piezas que sobran del primero o con las que no se sabe qué hacer con ellas. A principios del siglo XX un astillero capaz de ensamblar buques de semejante tonelaje debía parecer la obra de un loco empeñado en fabricar una estructura colosal mientras hacía al mismo tiempo su maqueta.
Durante cientos de años ese fue el destino azaroso de los imperios que para llegar a territorios lejanos debían convertirse en su modelo a escala para atravesar, comprimidos en un barco, los océanos. Incluso los mayores errores de cálculo -Colón creyendo haber llegado a las costas de Asia- simbolizan el esfuerzo por ensamblar la conquista como un proceso reversible: la nave capitana de su primera expedición en 1492 fue desguazada al llegar a Haití y sus tablas de roble, empleadas para construir una torre fortificada de vida efímera, como las de quienes quedaron allí. Los restos del pecio de la fragata Magdalena, botada en 1773, duermen hoy un sueño similar, esta vez a salvo, en el Arsenal de los Diques de El Ferrol, inicialmente unas herrerías de la Armada española y hoy el Museo de la Construcción Naval. Cuando una mujer se acerca a sus muros cuando acaba de cerrar sus puertas pregunta justo por esos restos, que, fijados a una de sus paredes interiores, parecen de hecho una bandera deshilachada a la que el tiempo hubiera arrebatado el color de sus enseñas, hoy solo un marrón opaco y carcomido, como todos los imperios antes o después.
Dos de las tres carabelas que transportaron el origen de la grandeza de los Habsburgo españoles medían apenas veinte metros de largo y cargaban unos treinta hombres por barco. La escala de las maquetas primorosas que contiene el museo recuerda su fragilidad a escala real, lo sencillo que era entonces construirlas y lo irrelevante que era para un imperio perderlas si algo se torcía. Nunca muy alejadas, los modelos en miniatura de los inmensos petroleros que salieron de los astilleros de Astano, en Fene, en la primera mitad del siglo XX deberían mostrar, a su lado, el tamaño proporcional de una de aquellas embarcaciones temerarias y ligeras del siglo XV. Parecerían delfines.
Al igual que las grúas de un astillero recuerdan cañas gigantescas para pescar barcos mercantes, los innumerables artefactos inventados por el hombre para sobrevivir y orientarse en medio de un océano parecen hoy peces metálicos, despojos de un mundo lejano en el que la tecnología más avanzada y la inventiva mecánica más escueta eran la misma cosa. Llegados a las salas del siglo XX, asombra comprobar cómo la maquinaria electrónica que revolucionó la navegación en sus primeras décadas es, a nuestros ojos, un fósil similar al de los astrolabios empleados siglos atrás. Motores, radares, mecanismos de navegación, ordenadores… uno no llega a comprender que el oleaje de un océano respetara más toda esa tecnología obsoleta de lo que toleraba el velamen y la brea en el siglo XV.