sábado, 25 de julio de 2026

Idealismo y puntualidad


El suizo Alain Tanner, cuya longeva producción abarca cuatro décadas íntegras dedicadas a contar la expresión exterior, inexplicable muchas veces, de la conciencia conflictiva, escogió paradójicamente el rasgo menos previsible para acompañarla: la regularidad, la previsibilidad. En tres de esos periodos rodó seis películas por década, cinco en la restante. 

La década frugal resultó la de los setenta. Tanner la comenzó con cuarenta años y fue cumpliendo formas de la incomodidad social: con cuarenta y dos celebró, con La salamandra (1971), el encuentro entre dos adultos en la mitad de su vida con una mujer joven con la que compartirán cierta investigación y al mismo tiempo las incertidumbres económicas que les acosan a todos. Con El medio del mundo (1974) el espejismo de una relación sentimental sujeta a las diferencias de clase. Con Jonás, que cumplirá 25 años el año 2000 (1976), cumplió una precariedad ligada a la fraternidad de la mediana edad y en la que sobrevivían, pese a todo, las ilusiones. Y con Messidor (1979), celebró la rebeldía juvenil como símbolo de la ausencia de un lugar al que pertenecer.

La rebeldía de sus mujeres jóvenes sufre a la búsqueda de un sentido existencial mientras huyen y delinquen en grados diversos que van del chapucero intento de asesinato (La salamandra) o su consecución de última hora solo para probar (Messidor) o al robo robinhoodiano (Jonás). La búsqueda les une a todos en mitad del páramo de la incertidumbre. Con la excepción del personaje masculino en El medio del mundo, no hay un solo personaje en su cine de esa década que goce de un grado mínimamente sólido de estabilidad laboral o financiera. Y pocos parecen tener más de un abrigo o dos pares de zapatos. 

Pero en esas maletas vacías cabe siempre un idealismo al que parece bastar la dieta frugal de quien lo sostiene. En La salamandra, el hombre que deja de pintar casas a la intemperie para poder, por fin, trabajar de escritor o algo parecido, parece igual de feliz de vuelta al primer trabajo. En Jonás, el hombre que colecciona hijos sin poder alimentarlos, decide, en contra de sus empleadores rurales, dejar de recolectar estiércol de caballo para dar clases a los hijos de los alrededores, que dejan así de ir al colegio. El profesor que enseña a pensar críticamente es despedido por ello. El hombre que trabaja en la imprenta decide avisar a unos granjeros para que no acepten la oferta embaucadora del banco. En Messidor, las dos huidas errantes ven en sus pequeños delitos un juego que mereciera la pena si ello les permite buscarse por dentro. 

Lo que no puedes evitar hacer es tan presente como lo que no puedes evitar perder: por un lado, la mujer joven que en La salamandra no puede evitar acariciar la pierna de aquellos a los que prueba zapatos; la cajera que en Jonás no puede evitar no cobrar a aquellos que le parecen desvalidos; las que en Messidor no pueden evitar seguir adelante, cada vez peor, cada vez más indefensas. Por otro, el errático deambular en La salamandra de quienes investigan, la forma segura de ir perdiendo todo lo que les dieran por hacer un trabajo que no llegarán a hacer; el que en Jonás parece ir buscando la pérdida de empleo de casi todos; el que en Messidor avanza sabiendo que serán capturadas, que cada paso les acerca más. 

La inevitabilidad parece ser ansiosamente buscada, como si merecerla fuera lo que necesitas para dormir bien. Cuantas causas melancólicas, utópicas o derrotistas iba a ocultar en el resto de la década, las ubicó Tanner en La salamandra, sembrada de eventos insignificantes que interrumpen el curso de la narración sin que vengan realmente a cambiarlo, solo por el placer de amagar conflictos lejanos, que se manifiestan fugaz pero expresivamente y con un nivel de detalle que trasciende su posibilidad de mero trasfondo: 

Una pila de basura no recogida viene a obstaculizar fugazmente el paseo de uno de los protagonistas. Abarca apenas unos segundos pero el narrador le dota de un significado extraño al explicarlo como una huelga de barrenderos extranjeros, “repentina e intolerable”. Más tarde, un funcionario, pulcramente vestido, que llama a una puerta como quien hace una encuesta, se hurga la nariz como si buscara otra dentro de la suya. Explica ser inspector del Comité de defensa civil, sección defensa espiritual. Ha venido a saber qué hicieron al recibir el libro rojo (nada más sabemos de su significado, si fiscal o deportivo). Al decirle que lo tiraron, vacila un segundo, balbucea que eso significa apuntarles como que han… Hay una extrañeza que asoma y no se resuelve. Que podría significar algo valioso pero que se interrumpe, como si la atmósfera de investigación que no investiga necesitara desatender otras pistas, en otras áreas, acaso útiles para algo en lo que podrían indagar cuando el fracaso actual les colmé.

La extrañeza se encarnó fugaz, irrealmente, en Messidor, cuando la historia de las dos jóvenes que vagan por Suiza con una pistola robada es contada en un informativo, y las imágenes que de ellas se muestran en tv son las rodadas por el propio Tanner y que uno ha visto hace unos minutos. Como si en la búsqueda de quienes simplemente huyen de lo que no les hace felices poco importara, o se mereciera, un grado aceptable de verosimilitud. O como si mirar, aunque sea desde un cine o desde casa, te hiciera suficientemente cómplice.

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