domingo, 26 de julio de 2026

El mejor de los peores lugares posibles


La neutralidad que Suiza eligió para sí en 1815 no siempre estuvo disponible. Tampoco en otros países. Huido de Francia en 1726 y de la corte imperial prusiana en 1753, el francés Jean Marie Arouet -Voltaire- recaló en Suiza a finales de 1754. Allí, en Ginebra, escribió Cándido o el optimismo, una sátira feroz contra la intolerancia religiosa, la guerra como gloria atroz de las naciones, y la aureola, tan sagrada como corrupta, de reyes y nobles. Pero fue otra monarquía la que pagó su exilio dorado. Venerado por la emperatriz de Rusia, ésta encontró en Voltaire a quien, ya en la vejez, quizá había aprendido las conveniencias que su orgullo le había negado de joven. Ambos ganaban con su vasallaje mutuo: los elogios de Voltaire a sus guerras contra el Imperio Otomano y sus reformas legislativas validaban la monarquía imperial como símbolo de los valores ilustrados en suelo ruso. Y ésta acrecentaba la fortuna del escritor, de por sí suficiente como para adquirir un castillo en Ferney, Francia, justo en la frontera con Suiza, por si tenía que huir de un país al otro. Y viceversa. 

En un pasaje de Cándido, éste y su acompañante se convierten sin esfuerzo en seres tan ricos como para poder comprar varias de las monarquías más ricas del mundo. Es un espejismo que dura lo que el mejor de los mundos posibles les arrebata todo eso y le devuelve a su condición de criados de los poderosos. Con un poco más de sensatez por parte de todos ellos -de Pangloss, de Cándido, de Cunegunda- habrían podido pasar por ancestros reconocibles de la incipiente burguesía que en el XIX convertiría a comerciantes, industriales y profesionales en una clase social harta de que lo único que no podía comprar su creciente prosperidad era derechos políticos. 

Es Rousseau y no Cándido quien representa ese ancestro. Voltaire no era un defensor de la democracia y la república popular. Catalina de Rusia le apreciaba por encima de otros porque el ideal político de éste no incluía derrocar reyes sino el despotismo ilustrado, un oxímoron que presuponía una monarquía vigorosa guiada por los principios políticos y filosóficos de la ilustración, principalmente el racionalismo capaz de arrinconar la fe y las supersticiones. En Cándido hay solo un rey -el del Perú- que merezca ser definido así. Cuando se dispuso a escribir su relato, Voltaire había huido ya de dos de las monarquías supuestamente más ilustradas, la francesa y la prusiana. Quizá por eso estructuró su fábula moral como una sátira feroz de los mayúsculos principios que decían sustentar los reyes más leídos de su era. Uno de los dogmas de ese siglo renovador -el optimismo y el progreso- fue empleado por Voltaire como la causa de las desdichas atroces de sus personajes. La ciencia y la técnica, la convicción de que el futuro siempre será mejor que el pasado, es el lema defendido por Pangloss el filósofo, aunque le lleve a afirmar que toda atrocidad “es indispensable y las desgracias particulares engendran el bien general, de forma que cuantas más desdicha individual, mejor anda todo”. Poco después fundamentará cómo el terremoto de Lisboa había sido creado ex profeso para que su benefactor pueda ahogarse delante de sus ojos. Cuando esa ciencia y esa técnica sirven a Cándido para salir del reino montañoso del Perú es solo para dar comienzo a su ruina de nuevo, esta vez desde más alto. La búsqueda de la felicidad -otro de los grandes lugares comunes de la Ilustración- es, en la novela, el consuelo fatídico que sigue a cada atropello, la certeza sombría e inepta de que si este es el mejor de los mundos posibles, todo lo que les ocurre ha de ser porque es lo mejor que puede sucederles. La tolerancia religiosa y el laicismo les condena a la horca y a la hoguera. No se ha desvanecido el humo de la ciudad derribada por el terremoto cuando la Inquisición decide celebrar un auto de fe entre sus ruinas. Voltaire solo se compadeció del quinto de los lemas aunados en ese tiempo -las leyes de la naturaleza como lo correcto y lo auténtico- y fue para proporcionar a última hora, cuando las vidas de sus personajes están ya devastadas, el consuelo de cuidar, por fin, del propio jardín. Es decir, de prestar atención a lo que se tiene y no salir a buscar fantasías donde comprobar en cuerpo propio que todo lo que no es un pequeño refugio arde, de fuego o de ira, antes o después. El campesino que sirve para ilustrarlo vive, de hecho, apartado de la vida social. La lección es que cuanto más te alejes del hombre y sus afanes, más sencillo te será sobrevivir. 

La máxima -la única lúcida que llega a asimilar (y tarde) el protagonista- que cierra la novela es que hay que cuidar el propio jardín, es decir, valorar lo que se tiene y hacerlo prosperar con discreción y sin ensoñaciones y delirios de grandeza. Suiza, que recuerda a un jardín cuidado allí donde uno va, está más cerca de Voltaire que de Alemania.  

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