A medida que el cine de Chaplin enriquecía sus temas y el vagabundo que encarnara en sus inicios se revelaba menos idóneo para representarlos, su imagen pública viajaba en sentido contrario en las mentes paranoicas del Comité de actividades antiamericanas: el hombre acaudalado que durante décadas representara el ascenso a la cumbre desde la miseria era, a mediados del siglo XX, un portavoz sutil del comunismo más peligroso: el exitoso. El único exitoso -habría podido defenderse hoy.
Como si a mayor tiempo transcurrido entre sus películas correspondiera mensajes de mayor calado que ya no iban a parar de devorar más terreno, los cuatro años que van de Tiempos modernos (1936) a El gran dictador (1940) contienen una visión feroz de las condiciones laborales impuestas por la producción en cadena y ligada también a la precariedad que trajo la Gran Depresión. Los siete que desde ésta a Monsieur Verdoux (1947), una mirada sobre los fascismos que en ese tiempo –solo Polonia había sido invadida- aún permitía el humor. Los cinco transcurridos entre ésta y Candilejas (1952), una opinión sobre los crímenes de estado –“la industria del armamento pronto dará grandes dividendos”- que iba a posarse intacta sobre Un rey en Nueva York (1957) y a desaparecer en la década que va de ésta a la postrera La condesa de Hong Kong (1967).
Chaplin se había casado con Oona O´Neill en 1943 y tenía 57 años cuando, aún en Los Ángeles, rodó Monsieur Verdoux apenas dos años después de terminada la Segunda Guerra Mundial. Pero en 1952, cuando Candilejas sustituyó la crítica social por una visión melancólica de la profesión a la que había dedicado toda su vida, Chaplin aún no sabía mientras la rodaba que la crítica social que él había aparcado juntaba sus últimas fuerzas contra él: antes del estreno le fue prohibida su entrada en Estados Unidos donde había vivido los últimos 45 años.
La parodia que había acompañado sus más afilados temas se encarnó en dos respuestas a la nación que le había acogido y después expulsado. Una de ellas fue Un rey en Nueva York; la segunda, el durísimo alegato final de Monsieur Verdoux, al cabo un asesino aunque ame a su hijo pequeño y a su mujer (diez años más joven y a la que puso Mona sin disimular mucho la referencia) –“durante 35 años use mi cerebro honestamente, después nadie lo quería. Me vi obligado a emprender mi propio negocio. Respecto a lo de ser un asesino en serie, ¿no es algo que el mundo alienta? ¿no se construyen armas con el único fin de asesinar a millones de personas? ¿no se ha despedazado a mujeres inocentes y niños pequeños con todos los recursos de la ciencia?”. Antes de ser ejecutado, les advierte de “que les verá pronto, muy pronto”.
Las bombas con las que concluyó el frente oriental y con él la Segunda Guerra Mundial habían caído sobre Nagasaki e Hiroshima apenas unos meses antes de que Chaplin empezara a rodar Monsieur Verdoux y la noción de crímenes contra la humanidad iba a ser en su cine desde entonces el de crímenes de la era nuclear. Incluso teñida de comedia, Un rey en Nueva York condensa en su fondo el nuevo mundo –su personaje es un rey depuesto que aspira a promover la energía nuclear pacífica que sus ministros quisieran para fines bélicos- tanto como su forma muestra, ya sin complejos dado que cumplía cinco años viviendo en Suiza, la paranoia de ver en el progresismo un síntoma de comunismo.
Con 540 páginas de Autobiografía a su disposición para ampliar o matizar la superposición de discursos que enhebraban su progresismo con ciertos lenguajes del comunismo, Chaplin se limitó a rememorar cierto mitin del Comité Americano de San Francisco que en 1942 pedía un segundo frente en la URSS que cerrara la pinza sobre el nazismo -“no soy comunista; soy un ser humano. Los comunistas no son diferentes de nadie; si pierden un brazo o una pierna, sufren como sufrimos los demás, y mueren como morimos los demás.” Para entonces, en 1964, a solo tres años de rodar la que sería su última película, las guerras libradas quizá ya no merecían ser escritas en términos de vencedores o vencidos. Chaplin tenía entonces 76 años y su munición al respecto, tan ampliamente esparcida como su semilla, con exactitud de metrónomo: dejaría once películas y otros tantos hijos.
Sutil o explícito, el ajuste de cuentas que había empezado en Tiempos modernos donde el obrero tratado como un tornillo más es acusado de comunista y el jefe de la fábrica que les explota parece practicar la tortura mientras lee la prensa y hace puzles, se encarnó en el discurso final de El gran dictador, dirigido al espectador y no a quien observa al personaje. Creó a Verdoux y al payaso de Candilejas cuyo tiempo pasó. Y finalmente eligió al rey Igor Shahdov para cerrar el tiempo de la persona Chaplin, ya fuera del personaje que le encumbrara y casi fuera de la propia ficción. Hoy basta entrar a su casa museo en Vevey -donde viviera sus últimos veinticinco años- para pasar por una puerta que une ambos mundos. Solo por hallarse delante de ella sin saberlo merece la pena el viaje.
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