lunes, 27 de julio de 2026

El dibujo adecuado

 


Tras ser ocupada y anexionada al Tercer Reich en junio de 1940, el régimen nazi prohibió el francés en Estrasburgo e impuso el alemán en escuelas e instituciones. La Universidad local fue refundada para servir de núcleo académico al nazismo, que veía en ella un modelo para la pedagogía propagandística bajo el ampuloso lema "en nombre de la raza y de la ciencia". Hoy es la capital parlamentaria europea. Si encarna la gestión común de las diferencias, responsabilidades y fronteras lingüísticas del continente, representó no hace tanto la extorsión de esa misma idea: veinte años después del final de la Segunda Guerra Mundial, Hannah Arendt escribió un polémico tratado sobre la banalidad del mal que sugería, de hecho, la individualidad difuminada -desaparecida- como explicación última de la indiferencia alemana ante las atrocidades nazis en las que participaban.

Su minuciosa descripción de las motivaciones y contramotivaciones de quienes perpetraran el genocidio son las de un ejército de eslabones que ejecutara órdenes, cada uno la suya, cada uno la que obligaba la orden llevada a cabo por el eslabón previo –“es un ser insignificante” –diría el ayudante del abogado que le defendió. La maldad libre de humanidad que hubieran deseado sus víctimas a la hora de juzgarles no podía ser tan calculada, tan previsible para poder serlo, sino aleatoria, desorganizada, hecha de impulsos y no de un diseño tan complejo –“sus pensamientos quedaron totalmente absorbidos por la formidable tarea de organización y administración que tenía que desarrollar en medio no solo de las circunstancias propias de la guerra, sino también, lo cual era más importante todavía, de innumerables intrigas y luchas por problemas de esferas de competencia de las diversas oficinas del Estado y del partido que dedicaban sus esfuerzos a la “solución del problema judío”.

Lo que decía Arendt sin poder saberlo entonces, dado que el capitalismo neoliberal aún no había comprado cuantas voluntades hiciera falta para silenciar cualquier crimen, es que eichmann, como acaso la totalidad del nazismo, militar o civil, no podía ser el diablo que se le pedía que fuera porque era solo un empleado, un hombre mediocre, banal, un burócrata a sueldo de una empresa y de un líder que constituía su único activo. Y donde la corrupción campaba al más clásicamente modo empresarial –“dieter wisliceny había aceptado cincuenta mil dólares a fin de que retrasara las deportaciones en Eslovaquia. himmler intentó vender permisos de salida a los judíos eslovacos, a cambio de una suma en moneda extranjera, suficiente para reclutar una división de las ss”. Que, en lo referente al problema judío, el objetivo de la cadena de producción ideológica fuera la aniquilación y no la producción no cambia el estatus –hoy perfectamente asumido- de que lo primero que paga un sueldo es la prohibición de lo que la propia conciencia tenga que decir. “Mi honor es mi lealtad” –rezaba el eslogan de las ss. 

A qué sino a junta de accionistas suena una arenga de Himmler que la propia Arendt cita –“haber dado el paso al frente y haber permanecido íntegros, salvo excepcionales casos explicables por la humana debilidad, es lo que nos ha hecho fuertes. Esta es una gloriosa página de nuestra historia que jamás había sido escrita y que no volverá a escribirse… la orden de solucionar el problema judío es la más terrible orden que una organización podía jamás recibir”. Orden. Solucionar. Organización –“Himmler daba por escrito las órdenes de deportación a kaltenbrunner, jefe de las rsha, quien las notificaba a Muller, jefe de la gestapo, o sección IV de la rsha, quien a su vez transmitía verbalmente las órdenes a la subsección iv-b-4, es decir, a Eichmann. Himmler daba también órdenes a los jefes de las ss y de la policía de las distintas regiones… Sus órdenes iban a la wvha de pohl, desde donde eran transmitidas a Richard Glucks, inspector de los campos de exterminio, quien, a su vez, las comunicaba a los comandantes de los campamentos”. Qué más aséptico para un asesino que recibir su plan de incentivos como si hubiera una curva de rentabilidad esperando su aportación. “Eichmann creyó fervientemente en el éxito, el criterio que mejor le servía para determinar lo que era “la buena sociedad… su conciencia quedó tranquilizada cuando vio el celo y el entusiasmo que “la buena sociedad” ponía en reaccionar tal como él reaccionaba”. 

Si el teatro adecuado podía aspirar a explicar el teatro abyecto, Peter Weiss tardó solo dos años más en publicar La indagación, a partir de los juicios de Frankurt-Auschwitz que tuvieron lugar de 1963 a 1965, y a los que, como Arendt en el de Eichmann, Weiss asistió como observador. La teatralidad que contaminaba las sesiones en Jerusalén –“el grito del ujier, al anunciar el inicio de cada sesión, producía un efecto parecido al que causa ver alzar el telón”- viajó hacia un infierno lejano en la obra de Weiss, concebida inicialmente como parte de un tríptico basado en las partes de la Divina Comedia, de Dante, del que quedaría finalmente como única obra. 

Cien años antes Gustave Doré había ilustrado esa misma obra, ya inmerso en su objetivo de plasmar los grandes mitos, literarios y religiosos. Nacido en Estrasburgo en 1832, ilustró algunas de las más poderosas ensoñaciones humanas -los mitos bíblicos, el infierno de Dante y el de Milton, el gigantismo de Pantagruel- mientras las revoluciones burguesas se sucedían alrededor tratando de derrocar los mitos del absolutismo. De no haber muerto a los 51 años en 1883 habría podido coincidir en el mundo con Hitler y con Arendt. 


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